Celebraciones

Este fin de semana acudimos a la boda de los barriguitas.

La modista, la iaia de la criatura, les hizo unos maravillosos trajes a medida para la ocasión y no podía faltar un minireportaje fotográfico, así que la tita mari se encargó de las fotos.

Las barriguitas de ahora ya no son como las de antes, que no es que las recuerde mucho, pero no se mantenían en pie, y por supuesto tenían barriguita. Estas en cuestión debieron estar a régimen para la boda, pues yo no les noté nada de barriga, jeje.

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Cambiando el cristal

Los Tres Reyes Magos

¡Mañana es mi mejor día de mi vida!, por la noche.- me dijo ayer la peque de vuelta a casa en el coche, luego se quedó dormidita.

Este año su hermano, que acaba de cumplir 8, ha estado a puntito de quitarle la ilusión, parece ser que los de sexto le han dicho que los Reyes de Oriente no existen. Aquí os dejo un escrito para explicarles que sí existen, o existieron, me lo pasó Bammy por mail:

Apenas su padre se había sentado al llegar a casa, dispuesto a escucharle como todos los días lo que su hija le contaba de sus actividades en el colegio, cuando ésta en voz algo baja, como con
miedo, le dijo:
– ¿Papa?
– Sí, hija, cuéntame
– Oye, quiero… que me digas la verdad
– Claro, hija. Siempre te la digo -respondió el padre un poco sorprendido
– Es que… -titubeó Blanca
– Dime, hija, dime.
– Papá, ¿existen los Reyes Magos?

El padre de Blanca se quedó mudo, miró a su mujer, intentando descubrir el origen de aquella pregunta, pero sólo pudo ver un rostro tan sorprendido como el suyo que le miraba igualmente.
– Las niñas dicen que son los padres. ¿Es verdad?

La nueva pregunta de Blanca le obligó a volver la mirada hacia la niña y tragando saliva le dijo:
– ¿Y tú qué crees, hija?
– Yo no se, papá: que sí y que no. Por un lado me parece que sí que existen porque tú no me engañas; pero, como las niñas dicen eso.
– Mira, hija, efectivamente son los padres los que ponen los regalos pero…
– ¿Entonces es verdad? -cortó la niña con los ojos humedecidos-. ¡Me habéis engañado!
– No, mira, nunca te hemos engañado porque los Reyes Magos sí que existen -respondió el padre cogiendo con sus dos manos la cara de Blanca.
– Entonces no lo entiendo. papá.
– Siéntate, Blanquita, y escucha esta historia que te voy a contar porque ya ha llegado la hora de que puedas comprenderla -dijo el padre, mientras señalaba con la mano el asiento a su lado.
Blanca se sentó entre sus padres ansiosa de escuchar cualquier cosa que le sacase de su duda, y su padre se dispuso a narrar lo que para él debió de ser la verdadera historia de los Reyes Magos:
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El Fumera

Hoy en la oficina estuvimos hablando de nuestras manías a la hora de hacer cagar el tió donde lo ponemos, que le cantamos, cuando a veces solo hacen pedos, cuando caga más de una vez, cosas típicas del día antes. Comentamos lo que recordamos de pequeños y yo indiqué que de pequeña no le conocí, ni al Tió, ni al Fumera.
Curiosamente mis compañeros no saben quien es el Fumera, quizá sus hijos aun son demasiado pequeños, quizá es que trabajo lejos de casa…

El Fumera es un “espia” de los Reyes Magos que todo lo ve, todo lo oye y todo lo dice. Se trata de un ser mágico del folklore popular de la Cataluña Norte y de buena parte de la provincia de Girona (donde vivo resido)

Se llama Fumera porque parece ser que entra y sale por la chimenea de la casa o por los patios de luces de los pisos, como el humo de la chimenea o la cocina (humo en catalán es fum, fumera podría traducirse por humareda).

Se dice que tiene dos orejas a cada lado, siete ojos en la cabeza, cuatro delante y tres detrás, y uno en su dedo índice, que puede alagar un montón para ver, sin ser visto, los rincones más escondidos de la casa. En plan gran hermano, jeje. Este duendecillo, que así me lo imagino, tiene por misión vigilar a los niños, anotar cuando se portan mal y pasar el parte a los reyes magos porque en función de eso dejarán más o menos regalos y más o menos carbón el día de reyes, vamos que hacía de espía de Sus Majestades explicándoles si los niños habían sido buenos y por lo que cuentan mis peques también qué regalos les haría más ilusión. Parece ser que recientemente también se comunica con el Tió y es por eso que algunas veces le chiva lo que han puesto en la carta a los reyes y el Tió lo trae primero, así pueden jugar con ello durante todas las vacaciones.
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El Tió

Como cada año, a primeros de diciembre y con la llegada del frío, una familia fue al monte a buscar ramas secas del bosque y algún que otro tronco de árbol seco caído. Gracias a eso podrían pasar una feliz Navidad junto al calor de la lumbre y aguantar el frío de ese duro invierno.

¡Qué afortunados se sintieron cuando regresaron del monte con el carro cargado!. Estaba tan, tan cargado de leña que incluso alguna cayó al suelo de camino a casa. Recogieron, como pudieron, la que les fue cayendo pero un viejo tronco muy pesado quedó estacado en el suelo. Ante la dificultad de llevarlo a casa con sus propias manos decidieron dejarlo en el camino con la esperanza que otro que pasara y lo pudiera necesitar, tendría la suerte de podérselo llevar.

Pasaron los días y una noche, la de la víspera de la Inmaculada, se oyó llamar a la puerta.
-¿Quién llamará a la puerta a estas horas con el frío que hace?- se preguntaron todos.

El padre abrió apresurado la puerta para dejarle entrar pero no vio a nadie. Al cabo de poco, volvieron a oírse golpes en la puerta, pero al abrir tampoco había persona alguna esperando. Así que, acabada ya la cena, se fueron todos a dormir. Todos menos la pequeña de la familia que, con la excusa de encargarse ella sola de recoger la mesa, decidió volver a mirar. Abrió la puerta de la casa para comprobar que no había nadie esperando en la calle, pues la noche era muy, muy fría. Como en las dos veces anteriores, no había ninguna persona aguardando, pero antes de cerrar, al mirar al suelo, vio un grueso tronco viejo.

-¡Oh, Dios mío, eres tú! –exclamó la niña- Te habíamos dejado en el camino porque pesabas tanto…pero tu has venido siguiendo el rastro hasta encontrarnos.

La niña dejó entrar al viejo tronco, le puso una barretina (gorra tradicional catalana) y lo abrigó con una manta para que entrara en calor. Luego, le dio un poco de pan, pelas de naranja y las otras sobras de lo que quedaba de la cena y acabó de recoger la mesa. Antes de acostarse, la niña le escondió cerca de la chimenea, al lado de los otros troncos y lo cubrió con una manta para que pasara desapercibido.

-No te preocupes, yo te cuidaré y no dejaré que te pongan en la lumbre. Confía en mí- le dijo la niña al viejo tronco, abrigándolo bien con la manta y dándole un beso de buenas noches.

El Tió sonrió a la niña y quedó plácidamente dormido bajo la manta.

Pasaron los días y la niña se encargaba siempre de recoger la mesa, para así poder alimentar y dar de beber a su querido Tió sin que nadie lo supiera.

A medida que pasaban los días, el pilón de leña iba menguando. Llegó la Noche Buena y pusieron los últimos troncos dentro de la chimenea. Pero al volver de la Misa del Gallo, hacía tanto, tanto frío que se acercaron todos al fuego para calentarse. Cual fue la sorpresa al ver que sólo quedaban brasas ardiendo y en el pilón de leña sólo quedaban unas pocas ramas y una vieja manta roja.

El abuelo, con su garrote, escarbó entre las ramas, para ver si había algún pequeño tronco más escondido entre ellas, pero no fue así. Luego, golpeó la manta varias veces para comprobar qué había debajo de ella sin saber que el viejo tronco estaba allí escondido.

– Abuelo, abuelo…-gritó la niña desesperadamente para impedir que le siguiera golpeando.

El abuelo que ya estaba un poco sordo, no oyó nada, y continuó golpeando porque notaba que pegaba en algo duro, muy duro, como si se tratara de un tronco. Y extrañado se acercó para ver qué se escondía debajo de la manta. La niña corrió a su lado… Juntos descubrieron al viejo tronco, el Tió, con su eterna sonrisa en la cara, su gorra barretina y chocolates, dulces y golosinas que el Tió había ido elaborando, cual pastelero, con los ingredientes que la misma niña le había dado -sin saberlo- con los restos de comida. Entonces, la niña explicó lo sucedido y todos entendieron que el Tió era ya parte de la familia y le salvaron de la hoguera.

Esta versión del cuento fue escrita por Lydia Giménez Llort

Otra versión similar la encontré aquí.